18 noviembre 2020

El vino, en tiempos de crisis


A pesar de que la demanda de alimentos no ha cesado durante los últimos meses, el sector primario también ha experimentado una importante sacudida. Un ejemplo del notable impacto del confinamiento y la inminente crisis social y económica ha sido la drástica reducción de la facturación en el sector del vino; un 38 % menos durante el primer semestre del 2020, según datos de la Federación Española del Vino. 


En este artículo, analizamos la crisis del sector conversando con tres becarios ”la Caixa” expertos en viticultura y enología: Eva María Campo, química e investigadora de la Universidad de Zaragoza (Instituto Agroalimentario de Aragón IA2); Pau Moragas, ingeniero agrícola y agrónomo responsable de producción de L’Olivera, SCCL, y Raquel Luján, ambientóloga y doctoranda en el Instituto de Sociología y Estudios Campesinos (ISEC) y en el Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura (CEBAS-CSIC). 


Con ellos, profundizamos sobre el impacto que ha supuesto la pandemia para la industria del vino, tanto a nivel sociocultural como ecológico, y también exploramos las nuevas oportunidades que han surgido gracias al auge de nuevos formatos y la venta on-line.

El impacto del coronavirus en la industria del vino

La cosecha de la vid tiene un ritmo pausado, que se acelera vertiginosamente en el momento de la vendimia. En el mes de marzo, el viñedo requiere cuidados y atención para asegurar la cosecha a finales de verano. Pero, en el 2020, marzo fue un mes dominado por la explosión de la COVID-19 en España, por lo que muchos viticultores tuvieron que invertir los mismos esfuerzos y asumir los mismos gastos que otros años, pero con un retorno significativamente inferior. “Ante la imposibilidad de celebrar los salones del vino, muchas ventas se han paralizado. Esto es especialmente grave en el caso de los vinos del año, sin crianza, que no están preparados para envejecer adecuadamente, sino que necesitan consumirse antes de la próxima campaña”, señala Campo. 

 

Eva María Campo

Asimismo, la demanda de vino ha caído radicalmente en los circuitos tradicionales de ocio y restauración. “El vino y el cava son los productos estrella de cualquier celebración y evento, y estos se han visto muy reducidos: hay menos bodas y más limitadas, no hay congresos, no hay comidas de negocios, la gente sale menos (…) todos estos cambios han hecho que el consumo fuera del hogar se haya reducido drásticamente”, detalla Campo. 

Retos que se convierten en oportunidades 

Pero muchas veces los nuevos retos son también fuente de nuevas oportunidades. Con la pérdida de movilidad y la imposibilidad de acudir a restaurantes o mercados, la venta en plataformas digitales se ha disparado. “Esta crisis ha empujado a las empresas a poner en marcha de manera proactiva el canal on-line que, si hasta ahora nunca había supuesto un alto volumen de negocio, ha experimentado incrementos muy significativos en los últimos meses”, apunta Moragas. 

Pau Moragas

La adquisición de alimentos y bebidas on-line está en boga. Y a la moda se han apuntado desde pequeñas tiendas hasta grandes hipermercados, mejorando así sus servicios de venta y entrega con nuevas tecnologías y estrategias comerciales adaptadas al mercado digital. En un sector tan tradicional como el del vino, seguramente nunca habíamos avanzado tanto en la digitalización de su industria.

No obstante, aunque parezca contradictorio, paralelamente también ha aumentado la venta de productos de proximidad. “La percepción de un mayor riesgo de contagio por COVID-19 en las grandes superficies ha generado en algunos sectores de la población una apuesta por un consumo local, fortaleciendo económicamente muchas experiencias agroecológicas y de producción local”, señala Luján. 


La cultura del vino, un arraigo que cambia para quedarse 

Otro brote positivo es el ligero aumento del consumo doméstico; “amigos y familiares intercambian recomendaciones y muchos quedan virtualmente en torno a una copa de vino” para socializar. Campo añade que, a su vez, “todos nos hemos vuelto más caseros; de algún modo hemos descubierto el placer que supone tener tiempo para cocinar y sentarse a la mesa para disfrutar y compartir una buena comida”. 

Desde el punto de vista social, estos cambios de hábitos han acelerado el interés de los consumidores por conocer el contexto de producción de los alimentos y su origen, así como su impacto ambiental. Cada vez más, los productos alimentarios van ligados a unos valores y a unos principios más allá de sus propiedades nutritivas y dietéticas. Esta tendencia ideológica ya se ha trasladado a instituciones internacionales; “la Organización de las Naciones Unidas de la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala la agroecología como modelo para transitar hacia sistemas alimentarios y agrícolas sostenibles”, comenta Luján. Sin embargo, concluye que “esta pandemia puede tener un impacto ecológico importantísimo en un futuro próximo, y también a largo plazo dependiendo del modelo de producción de alimentos que apoyemos''. 

Raquel Luján

En el caso del vino, existe un valor cultural añadido; su identidad forma parte del paisaje y tradiciones de muchas regiones de España, además de ser un motor de la economía local. “El vino es un catalizador de las relaciones sociales, embajador de los territorios y elemento clave del placer y la singularidad gastronómica de los diferentes territorios. Uno de los retos es conseguir una sociedad más sensible hacia los productos de la tierra que aprecie una alimentación con identidad cultural”, concluye Moragas.